
Las palabras y las cosas.
Palabra Girondo, que se inauguró ayer con un show de Fito Páez, es un viaje poco convencional por la cotidianidad del autor de En la masmédula.
“Y se encuentran ritmos al bajar la escalera, poemas tirados en medio de la calle, poemas que uno recoge como quien junta puchos en la vereda.” Lo escribió Oliverio Girondo en su Carta abierta a “La Púa”, incluida como prólogo en la edición de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. Si el poeta tocó el nervio de los lugares, sacando la realidad de sus moldes con una fuerza de expansión desorbitada, el dramaturgo, director, actor y artista visual Fernando Rubio espanta la letra de los márgenes de las páginas que dejó el poeta y la inscribe en la arquitectura del edificio diseñado por Clorindo Testa. Y con esta traslación, también toca el nervio vital del edificio y de la gente que lo habita o lo transita, porque casi no hay espacio de la Biblioteca Nacional –escaleras, ventanales, pasillos, ascensores, matafuegos, baños, explanada y hasta oficinas– que no esté invadido por versos del autor de En la masmédula. Palabra Girondo –pintura, palabra, video, instalación sonora, con música compuesta por Fito Páez, quien ayer inauguró la muestra con un recital– es un homenaje que cuestiona cómo se piensan los homenajes a 40 años de la muerte del poeta. ¿Recreando un espíritu? ¿Volcando una serie de especulaciones sobre lo que debiera ser? Las respuestas que ofrece Rubio están lejos del bronce y del mármol. Proponen algo más complejo y vital: que la poesía pueda ser encontrada y descubierta, que atraviese todas las zonas y que, sin pedir permiso, genere un relato vincular.