1851, fue el año de Foucault: en el sótano de su casa, colgó un peso de 5 kilos de un cable de 2 metros y lo largó a oscilar. Apenas perceptible era el cambio en la dirección del péndulo, pero era cierto. ¡La Tierra se movía! Foucault salió del sótano y mostró su péndulo en el Observatorio de Paris, causando asombro en todos los científicos parisinos. Pero faltaba que el pueblo lo vea: una demostración impactante fue realizada el 26 de marzo, en el Panteón. Ofició de péndulo una bala de cañón de 25 kilos, colgada de un cable de 68 metros de largo, y que tardaba dieciséis segundos para ir y volver cada vez. Adherido a la bala, en su parte inferior, había un pequeño estilete y el piso del Panteón estaba cubierto de arena. En cada ida y vuelta el estilete dejaba una marca diferente en la arena, cada una de ellas unos dos milímetros a la izquierda de la anterior porque el plano del péndulo giraba, perdón, porque la Tierra giraba.
En aquellos tiempos el péndulo de Foucault maravillaba a la gente porque era la prueba irrefutable de la rotación terrestre. En nuestros días existen muchas otras pruebas del mismo fenómeno. Pero volvamos a pensar en el péndulo: su soporte está fijo a la Tierra, pero como decíamos al principio, la Tierra rota sobre sí misma y se mueve alrededor del Sol. Y todo el sistema solar gira alrededor del centro de la galaxia. Pero el péndulo ignora todo esos movimientos y permanece alineado en una dirección absolutamente fija, decimos que está alineado con las estrellas muy lejanas. ¿Pero hacia donde apunta realmente el péndulo? Este pregunta aún hoy sigue preocupando y asombrando a científicos y artistas. Umberto Eco fue uno de los asombrados y en su novela El péndulo de Foucault imagina que el péndulo permite ubicar el Aleph, el centro del universo.
